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Desconocida en una fiesta

Desconocida en una fiesta
Pues todo comenzó con la típica fiesta, una casa sin muebles, gente conocida y sin conocer, mucho alcohol y demasiadas ganas de echar mucho desmadre.

Iba con unos amigos de toda la vida, pero como ya mencioné, también había gente que nunca había visto. Como buen cazador me puse a ver discretamente a las mujeres que estaban por ahí; sí, había una que otra nena muy guapa.

Como mis amigos y yo no traíamos nada para emborracharnos, nos fuimos a un super cerca del lugar, compramos chelas, unos buenos pomos y botana, sin olvidar los clásicos vasos rojos. Después, las cosas normales de una fiesta sucedieron: baile, buenas pláticas y mucho, mucho alcohol.

Conforme nos poníamos ebrios (o como decimos en mi país, pedos), las cosas se empezaron a calentar, ya saben: morras ligando al que siempre se habían querido ligar, parejitas bailando bien pegadito…

Mis compas andaban con su respectivo ligue y yo no me quedé atrás. Conforme pasaba la peda no dejaba de ver a una nena preciosa, medio chaparrita y muy, muy buena. El ambiente en la casa se empezó a enrarecer, hacía más calor, y la muy sensual se había quitado su chamarra para dejar a la vista de todos (y la mía) una blusita delgada y pequeña que resaltaba muy bien sus grandes atributos. También traía unos malloncitos super pegaditos, de esos que uno como hombre piensa al ver “esta morra trae tanga de hilo, si trajera bragas o algo así se vería muchísimo y se notaría demasiado”. Sus torneadas y bellas piernas enmarcaban una silueta deliciosa, y para rematar, cuando se volteaba sus tremendas nalgas resaltaban a metros de distancia.

Qué delicia de mujer. Algunos hombres bailaban con ella, pocos, de hecho; sus atributos mataban los ánimos de cualquiera. Yo, ya bien p**o, la invité a bailar un rato algo de electrónica. Sin esperarlo, ella se me pegó mucho, me miraba directo a los ojos y me abrazaba repentinamente en medio del baile.

Las cosas pasaron tan rápido que fueron bastante inusuales. Los dos seguíamos bebiendo, cada vez más ebrios y por consecuente más calientes. Nos apartamos a un rincón y nos besamos un buen rato. Cuanto tiempo, no sabría decirlo. Sus labios eran suaves y tan húmedos que el hecho de pensar en una mamada de verga de su parte me excitó de inmediato. Sus senos, suaves y excitantes también. Podía ver a través de su blusa y su bra unos pezones ya bien paraditos. No pude evitar masajearle las tetas en medio del faje. Ella, con la voz entrecortada, me dijo al oído: vámonos. Sin más, se puso su chamarra y nos largamos.

Resultó que vivía cerca de la casa de la fiesta. Me contó que no habría nadie que nos m*****ara, sus roomies andaban también en la peda pero no volverían: se turnaban para dejarla sola cada semana, y para mi fortuna esta semana le tocaba a ella. La dejaban sola para que cada una cogiera o hiciera lo que se les daba la gana.

Nada más al entrar al depa le quité la chamarra y ella me dejó semidesnudo, sólo con el boxer puesto.

-Eso no es justo, nena. No traigo casi nada y tú todavía tienes ropa.
-Haz justicia entonces.

Si al verla en la fiesta me prendí, al verla con poca ropa me excité como pocas veces. Qué forro de mujer. Sus tetas eran del tamaño perfecto para hacerme una rusa, su cintura era muy sexy. Y no me equivoqué: una tanguita chiquita enmarcaba su tremendo cuerpo. Se la quité con los dientes, y eso la excitó más. Nos revolcamos un buen rato en su sillón, mientras le chupaba las aureolas de sus deliciosas tetas y le metía mis dedos en su coñito. Mi verga estaba que reventaba en el bóxer, ella lo sintió y me la acariciaba por encima de la prenda. Me la quitó violentamente, la aventó lejos y mi verga, hecha un fierro, salió a relucir. Extasiada, comenzó a mamármela. Segundo acierto de la noche: sus labios eran experimentados y hacían su trabajo perfectamente. Su lengua, serpiente caliente, rozaba toda mi verga y me hacía suspirar.

Primero empezó con el glande, despacito y le daba ligerísimas mordidas. Sus dedos me masturbaban, sus labios rozaban toda mi verga, y poco a poco me hizo el deepthroat más rico del mundo. La tomé de la cabeza y tiraba de ella para que lo hiciera más fuerte o despacito. La muy putita obedecía. Me miraba con ojos ardiendo, una mirada que sólo significa una cosa: esta noche vamos a coger como locos. Se la tragaba toda y me excitó lo suficiente como para venirme. No lo hizo. Toda una maestra.

-Tu turno, papi –me dijo suplicante–.
-Vas a ver lo que te espera, cabroncita.

Comencé a besar sus piernas, a acariciar sus tetas, a besar su pubis. Suspiraba. Su coñito era una cosa tremenda: todo rasuradito, a excepción de una delgada línea vertical. La recorrí con mis dedos y se estremeció. Le chupé todo lo que se podía chupar. Ella abría sus labios para que alcanzara mejor a chuparle. Sentí cómo estaba de húmeda. Mis labios y mi legua se extasiaron de un clítoris rosadito y agrandado. Hice eso hasta que se vino, se contrajo de manera abrupta, gritó y gritó. Seguramente medio edificio nos escuchó coger.

Sabía que estaba lista para penetrarla. Nos besamos otro ratito y, decidido a montarla como nunca la habían montado, la penetré. Sentir mi verga dentro de aquella dulce humedad me hizo gritar también. La monté un rato, gemíamos como bestias. “Sí, papi, así, duro”. A veces le bajaba de velocidad para acariciarla y besarle sus tetas. Se aferraba a mi pecho, yo le daba nalgadas. La puse en cuatro y volví a embestirla salvajemente, una, y otra, y otra, y otra vez, jalándola de su pelo, para que supiera quien mandaba. Suspirábamos y gemíamos, gritando de puro placer.

Nos acostamos y le abrí sus piernas. Le hice otro oral, uno más corto.

-Te voy a matar a sentadones, papito.

Me montó, primero de espaldas. Aproveché para masajear sus senos y apretar sus pezones. Luego de frente, arriba-abajo, me montó de una manera tan violenta que apenas y me dio tiempo de no venirme dentro. Gritamos tan fuerte como para despertar a media calle. De un solo movimiento se desmontó y alcanzó a tomar un poco de mi leche con la boca. Me masturbó para que eyaculara todo y ella se lo tragara.

Agotados, nos recostamos uno junto al otro, pegaditos. Después ella se levantó y me dijo “vamos a bañarnos”. Me metió a la regadera y nos enjabonamos mutuamente. Ahí, otra vez, me la mamó y la penetré otra vez, esta vez más suavemente, despacito pero no por eso menos excitante.

Salí de ese departamento mucho tiempo después…ya había amanecido. Es increíble cómo transcurren las horas después de coger tanto y tan rico…

Y había otra fiesta pronto, y ella me prometió que volvería a verla.

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