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El rellano

El rellano
Después de una hora hablando por mensajes estábamos los dos a punto de ebullición, pero no estábamos solos en casa. Por suerte todos dormían, debían de ser las tres de la mañana y me dijiste: “no puedo más, sal al rellano”. Así que intenté moverme por casa como un ninja silencioso y me quedé delante de la puerta, sin abrirla. No escuchaba nada en el rellano, no se oía el menor ruido, no sabía si realmente estarías allí corriendo el riesgo de ser oída.

Pero me armé de valor y abrí la puerta. Aquel ruido me pareció una orquesta en pleno momento álgido de un concierto, mis nervios aumentaron pensando que lo habrían escuchado, pero no fue así, sólo lo escuchó ella, que hizo lo propio y entreabrió su puerta. Nos miramos desde nuestras respectivas puertas, pensado que era una locura, que el riesgo era demasiado grande. Y entonces saliste de tu lugar seguro, cruzaste el rellano y entraste en mi recibidor, completamente a oscuras.

Dejé la puerta entornada y te arrodillaste. Aquella noche tenías ganas de llenarte la garganta, me lo acababas de decir, así que no me sorprendió lo que hiciste. Pero no podía ponértelo tan fácil, así que cogí tus muñecas después de bajarme el pantalón del pijama. Estando a oscuras y sin las manos libres, sólo pudiste buscar tu deseo con la cara, pero fue fácil de encontrar, sobresalía del resto de mi cuerpo de forma evidente después de tantos mensajes calientes y con la emoción del momento.

Empezaste a lamerla lentamente después de horas deseando hacerlo, recorriéndola con tu lengua y besándola desde la base hasta la punta. Aquella noche era más tuya que mía. Jugaste con tu lengua y el extremo de ella hasta que, después de mordisquearla, empezaste a tragarla lentamente. Eras como una perra en celo, no pensabas en nada más que en comértela. Querías tener la boca llena, notar como no cabía nada más allí dentro, así que dejé tus manos libre para cogerte por la parte de atrás de tu cabeza y apretarla. Toda tuya, pero toda.

Te aguanté unos segundos allí hasta que me hiciste una señal en la pierna, pellizcándome, para que te liberase. Te apartaste a respirar jadeante como una perra en celo. Aquello te estaba encantando, la sensación de hacer algo prohibido y arriesgado, y a la vez, de ser una golfa, de dejar que usara de esa forma como nadie te había usado. Sin duda ibas húmeda, pero en la oscuridad no pude ni apreciarlo, sólo escuchaba tu respiración profunda, ni siquiera podíamos hablar.

Cuando conseguiste coger aire suficiente empezaste de nuevo, pero esta vez, tus manos eran libres e hiciste uso de ellas. Querías tu premio tibio y te los ibas a llevar. Así que empezaste a comerla con ansia, como si no tuviéramos tiempo y lo quisieras ya para poder irte a dormir tranquila con la garganta caliente. No pude sostener mucho aquella situación, me tenías excitadísimo y al cabo de unos segundos te di tu recompensa, corriéndome en silencio en tu boca.

Aquello aminoró tu ritmo, ya satisfecha, y estuviste unos segundos lamiéndola para que no quedase ni una gota desperdiciada mientras saboreabas tu leche caliente. Después te levantaste, me besaste y te despediste con la mano mientras cruzabas el rellano relajada y sonriente.

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