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Helena y el conserje nocturno

Helena y el conserje nocturno
Helena y el conserje nocturno

Helena entró sonriente al bar de la esquina donde la esperaba, agitando unos papeles en su mano. Me comió la boca en un beso que escandalizó a varias señoras que tomaban el té alrededor, pero nada más nos importaba.

“Salió nomás!!” dijo muy excitada “Nos envían a las dos al evento de Río de Janeiro!!!” El evento en cuestión era un encuentro internacional de hotelería y otras yerbas, más de lo mismo, así que nosotras iríamos dispuestas a disfrutar del sol, la playa, las garotinhas, algún garoto también… mientras escucharíamos por las mañanas unas aburridas charlas de varios aburridos conferencistas.

La convención iba a desarrollarse en el mismo hotel donde estábamos alojadas, en pleno Copacabana, muy cerca de la playa. Lo primero que hicimos fue renovar nuestro vestuario, comprando unas diminutas tangas de colores fluorescentes que apenas cubrían los pezones y el monte bien depilado. Con esos pequeños trocitos de tela nos sentíamos más desnudas que nunca y naturalmente, eso nos excitaba sobremanera. Pero así andaban todas las brasileñas en todos lados.
Ambas habíamos cogido como perras con nuestros ardientes mariditos antes de despedirnos, ya que por varios días íbamos a estar distanciados. A nuestro regreso Jorge estaría de viaje y seguramente a Víctor también le tocaría estar volando.

Así que no me extrañó cuando durante la segunda tarde, mientras nos besábamos y acariciábamos bajo una refrescante ducha, Helena me miró a los ojos diciendo “Me estoy calentando mal, tu boca, tus labios y tus manos me vuelven loca, pero igual necesito que un macho me meta una buena pija…” Me reí a carcajadas, volví a besarla y le susurré al oído “Salgamos de cacería entonces”

Mientras nos vestíamos la miré de reojo, comenzando a excitarme con la ropa que había elegido: un breve vestido negro satinado, que apenas le cubría la cola, las piernas enfundadas en nylon transparente aunque oscuro, tacos altos y por supuesto, nada de ropa interior. Yo elegí algo más discreto, como para no desviar la atención de las miradas masculinas… o las femeninas …

“Pollerita larga y blusa?” me preguntó observando mi atuendo veraniego tan conservador, “vas a parecer una monjita!!” se rió.

“A vos te van a desnudar y enfiestar todos los tipos que haya en el lobby…, no vas a tener tiempo de elegir algún candidato que te guste” le contesté.

Esperamos al ascensor que descendía y nos llevamos una buena sorpresa al abrirse las puertas: adentro estaba un negro muy apuesto, casi diría hermosísimo. Lo reconocimos como uno de los conserjes nocturnos que atendían el mostrador principal. Hasta ahora lo habíamos visto siempre sentado y no habíamos notado que era tan alto. Medía casi dos metros y era bastante corpulento, muy elegante, vestido con un traje impecable que era el uniforme del hotel.

Helena me dejó pasar y me hizo un guiño de reojo. Me imaginé que ya teníamos un candidato ganador para esa noche. Yo me ubiqué al lado del morocho y ella delante de él, muy cerca, demasiado cerca. Apenas arrancó el ascensor, Helena dejó caer al suelo su pequeña cartera y se inclinó a recogerla, doblando su cintura en lugar de flexionar las rodillas, Para eso apoyó su redonda cola desnuda contra la entrepierna del conserje, frotándose contra él al menos tres veces, antes de enderezarse con un gesto triunfal y la cartera en la mano. El morocho parecía de piedra, ni se había movido, pero apoyó muy suavemente una enorme mano sobre el hombro de Helena y le susurró en perfecto castellano: “Estoy libre a partir de la medianoche”. Ella no giró la cabeza para mirarlo, simplemente respondió: “Habitación 914”.

Fuimos directamente al bar a tomar algo, encontrando que la elección del ascensor era la mejor de todas. Cenamos afuera en un bonito restaurante cercano, atrayendo todas las miradas masculinas por supuesto, en especial mi amiga. Rechazamos a tres pares de pesados compatriotas estilo “casado pero esta noche soltero” que se acercaron a nuestra mesa en plan de levante. No estaban para despreciarlos como aperitivo previo al morocho, pero decidimos que esa noche no haríamos cornuda a ninguna esposa ausente.

Regresamos temprano a nuestra habitación, Helena se tendió boca arriba en la cama, levantó su vestido abriendo sus hermosas piernas y me suplicó: “Amor, me ayudarías un poco para que ese negrito no me haga doler tanto”. Me acosté a su lado y nos besamos con mucha ternura, para luego dedicarme a lamer su monte, abrirle un poco los labios con mis dedos y lubricarla bien para que soportara la cosa que le metería este chico, que según ella, la había sentido gigantesca al rozarla con su cola.

Unos segundos después de la medianoche se abrió suavemente la puerta y una sombra entró silenciosamente. Allí estaba de pie el monumento de ébano, sin el traje con el rótulo que decía “Gerson” sino con una camiseta de lycra bien adherida a su firme torso, la cual dejaba ver su perfecta musculatura. Llevaba unos pantalones oscuros, bajo los cuales se podía apreciar un bulto bastante grande.

Nos miró a ambas, sentadas al borde de la cama. Yo todavía vestida, para que no dudara de que debía solamente a Helena. Ella parecía embelesada con la visión del musculoso cuerpo, no le sacaba la mirada de encima, mientras abría sus piernas y le ofrecía su concha desnuda.
Gerson ni siquiera habló. Se quitó la camiseta ceñida, dejándonos apreciar su negra musculatura. Luego se bajó los pantalones y nos quedamos las dos con la boca abierta, sin poder dejar de mirar otra cosa que esa enorme verga de casi treinta centímetros, todavía no demasiado erecta, pero bastante gruesa.

“Voy a terminar la noche en un hospital” dijo Helena en voz baja “Me va a destrozar, pero me va a encantar” agregó mientras se relamía los labios. Me miró como preguntándome si yo pensaba aprovechar también semejante verga aunque fuera con mis manos, pero negué con la cabeza, sin poder sacarle la vista de encima a esa cosa.

Me levanté, dejándole lugar a Gerson, que ya se acercaba sosteniendo la descomunal pija con ambas manos. Helena se echó hacia atrás y abrió bien las piernas, mientras se quitaba el breve vestido, quedando solamente con las medias de nylon y los tacones altos.

La visión desnuda de Helena pareció excitar bastante a este chico, ya que cuando se inclinó entre sus piernas, ya tenía la verga durísima. La guió hasta los abiertos labios mayores de mi amiga y comenzó a frotarla contra ellos, haciendo que Helena gimiera como si ya la estuviera cogiendo un regimiento completo. Yo no podía quitarle la vista de encima a semejante poronga, envidiando realmente a Helena, que era capaz de hacerse coger por tan tremendo pedazo tan grueso y duro.
Gerson mientras tanto había jugado bastante a hacerse desear y finalmente se impulsó hacia adelante muy despacio y suavemente fue penetrando con su descomunal pito esa hermosa concha que tanto me calienta cuando es mía…

Helena abrió los ojos con sorpresa y dejó escapar un suave grito, a la vez que apoyaba sus manos en el pecho de su amante, tratando de que fuera invadiéndola más despacio todavía. El chico se detuvo unos segundos, permitiendo que ella se acomodara mejor para recibir esa poronga enorme.
“Es increíble” me dijo mirándome con satisfacción y lujuria pintadas en su sonrisa, mientras levantaba sus torneados tobillos para apoyarlos en los fornidos hombros de Gerson y se echaba hacia atrás, abandonándose totalmente a la voluntad de este chico, que ahora iniciaba un lento bombeo.

Por un rato la sometió a un suave ritmo, como para que Helena sintiera la potencia de su verga entrando y saliendo de su hermoso cuerpo con toda esa fuerza. Le provocó dos terribles orgasmos, que deben haberse oído en todo el hotel, ya que gritó como una verdadera loca mientras le pedía que le diera con más fuerza, más, más y más…

Cuando dejó de temblar, el morocho se salió de ella, por supuesto con su herramienta intacta, durísima y sin muestras de haber acabado. La tomó por los tobillos y la hizo girar en el aire, para dejarla boca abajo. Helena entendió la intención y se puso en cuatro sobre el borde de la cama, apoyando la cabeza en la almohada, mientras me miraba con una cara de placer indescriptible.
“Anita, ni te imaginas lo que estás perdiéndote… la siento enorme…”
Pero enseguida se movió hacia adelante, empujada por la potencia del negro que ya la penetraba sin nada de misericordia. Esta vez la suavidad se había terminado, todo parecía ser más salvaje, las embestidas más violentas, palmadas en esa firme cola, tirones de pelo, lenguas entrelazándose a través de los alaridos de mi amiga.

El chico era realmente un salvaje. Estuvo cogiéndola por más de media hora sin dar signos de cansancio, mientras ella aullaba de dolor y placer ante semejantes embates de fuerza. De repente le sacó la pija bien dura todavía y tomó a Helena otra vez por los tobillos, haciéndola girar boca arriba. Luego se montó sobre esas hermosas tetas de mi amiga y con una mano la obligó a abrir los labios, para finalmente meterle esa verga dentro de la boca y acabar en ella, en medio de unos gruñidos que parecían imitar a una fiera salvaje.

Helena se encerró en el baño para arreglarse y limpiarse un poco, mientras el morocho se quedó sentado en la cama, todavía con la pija bastante dura, preguntándome con la mirada si tenía ganas de probar esa dureza. Me levanté del sillón donde había estado tocándome mientras los observaba coger, pero me alejé de él, dándole a entender que ni siquiera pensaba acercarme a semejante cosa infernal. Fui a mirarme en un espejo y entonces sentí a mis espaldas que el morocho levantaba mi falda y me apoyaba su verga erecta entre mis muslos. Quise protestar, pero entonces una mano bien firme me tapó la boca, mientras la otra comenzaba a sobarme las tetas a través de la blusa.

Comencé a sentir que su dura verga buscaba meterse entre mis labios mayores, que a esta altura ya estaban dilatados, bien humedecidos e invitantes, pero yo no tenía intención de dejarme coger por las malas. Quise zafar de su abrazo pero me levantó en vilo, llevándome contra una mesa y haciendo que doblara mi cintura, exponiendo mi cola a su verga. En esa posición comenzó a frotar su poronga enorme contra mis labios mayores, sin penetrarme. La calentura que me provocaba era indescriptible. Sentía que mi concha ardía y se humedecía, mientras el negrito suavemente me tomaba por los hombros, deslizando su aparato una y otra vez entre mis cachetes abiertos. Ya casi estaba por pedirle que me la metiera hasta el fondo, pero de repente sentí el impulso por sacármelo de encima. Lo insulté con furia (creo que por haberme hecho calentar tanto y no cogerme de entrada) y me ubiqué del otro lado de la cama, fuera del alcance de sus garras.

Pareció un poco decepcionado, pero enseguida se le iluminó la cara cuando Helena regresó a su lado. Se besaron largamente y luego Gerson la acarició y besó sus turgentes tetas, mientras sus dedos se dirigían a la cola de ella.

Helena se sobresaltó al notar que un macizo dedo entraba en su estrecho culo, dilatándolo un poco. Le dijo que no pensaba entregarle la cola, esa verga era demasiado grande como para intentarlo. Pero el negro parecía no querer ceder y continuó metiéndole el segundo de sus enormes dedos entre esos redondeados cachetes. Mi amiga comenzó a jadear y gemir cada vez más fuerte y finalmente se abandonó a la voluntad del morocho, colocándose boca abajo y abriendo las piernas todo lo posible. Gerson entendió el mensaje y entonces le lubricó con su lengua la entrada de ese pequeño orificio.

Finalmente se ubicó entre las piernas de Helena y fue guiando su verga hasta que la punta comenzó a penetrar ese estrecho orificio. Ella abrió la boca para gritar, pero simplemente le pidió que lo hiciera bien despacio. Esta vez el negro obedeció, impulsándose suavemente hacia adelante, hasta llegar al fondo.

Luego comenzó a balancearse entrando y saliendo, hasta que en pocos minutos gritó otra vez, indicando que había derramado todo su semen dentro de mi amiga.

Descansó unos instantes sobre el cuerpo de Helena y luego se levantó de la cama, para vestirse muy tranquilo y desaparecer tan silenciosamente como había llegado. Mi amiga quedó tirada sobre las sábanas sin poder moverse. “Me parece que no voy a poder caminar en una semana”.

Me acerqué a mirar su cola y realmente era verdad: su ano había quedado dilatado de una manera increíble, dejando escapar una cantidad impresionante de semen. Sus labios mayores también estaban dilatadísimos e inflamados. Quise acariciarla pero dijo que estaba muy dolorida y me pidió que la ayudara a levantarse para darse un baño de inmersión.

Mientras disfrutaba del agua caliente nos besamos y acariciamos. “Ni te imaginas lo que te perdiste, ese negro es una máquina de coger infernal”. No quise decirle que el negrito simpático había querido partirme en dos mientras ella estaba en el baño, simplemente le prometí que la próxima vez probaría yo, pero naturalmente no me creyó…

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